URÁN, EL MEJOR CICLISTA DEL AÑO. Deportista de El Espectador

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( Por Camilo G. Amaya – de El Espectador ). – Primero fue un gesto de seriedad que luego de unas palabras escuetas se transformó en una sonrisa indeleble. “No, mijo, no me pida que me ría, que no soy gracioso”. Silencio y duda, miradas cruzadas entre los demás asistentes a un salón con un telón blanco de fondo, con Rigoberto Urán acomodándose el copete, mirándose en el lente de la cámara como si fuera un espejo. El blazer azul, una camisa blanca que daba la sensación de estar almidonada, el pantalón oscuro y los mocasines azules, de gamuza. De la cintura para arriba, a excepción de la corbata, una pinta ministerial. Para abajo, espontaneidad, sencillez, comodidad. “Sin medias es mejor, papá”. Urán y su forma de romper con la rutina, bueno, no con la de él sino con la de los demás.

Su novia Michelle Durango a su lado, con gestos de aprobación, entendiendo sus bromas, anticipándose a estas, no en vano parecen tener el mismo sentido del humor, sólo que expresado de una manera diferente. “Listo, pues. ¿Terminamos las fotos?”. Urán pide un vaso de agua antes de sentarse a responder preguntas. Coraje sobre la bicicleta y una incapacidad increíble para rendirse, lo primero que se piensa cuando el antioqueño va desglosando, sin afán, cómo fue su temporada basada en el culto sacramental a la preparación, de su único amparo en las carreteras europeas: el valor.

“Sabés que sigo entrenando igual que en los últimos cuatro años. Es que en este deporte no hay misterio. Eso no es lo que determina el éxito. Por ejemplo: en 2015 no disfruté correr el Tour de Francia, estaba empecinado en los resultados y eso me perjudicó”. De cuando en cuando mira a Michelle, sobre todo mientras piensa qué le saca el mal genio, qué lo saca de casillas. “El IVA, papá. Eso te desanima cuando tenés empresa. No dan ganas de salir a montar, pero luego llegas a casa, encuentras amor, felicidad y listo hermano, todo solucionado”.

Hay que preguntarle por Urrao, por los cafetales y los cultivos de granadilla, por los árboles de flores blancas y amarillas, incluso rojas y violetas, que adornan el sendero en los últimos kilómetros antes de entrar al valle del Penderisco, un lugar asentado en medio de grandes montañas. También por los campesinos arriando mulas que parecen pequeñas locomotoras cargadas con varios bultos del grano seco y listo para procesar. “Hubo mucho derrumbe para ir, pero la última vez que estuvimos compramos unas vacas y las vendimos en las feria de ganado, nos tiramos con neumáticos por el río y fuimos a visitar a la abuela. Ella siempre tiene unas gallinas más buenas y me las mata para el sancocho”.

La naturalidad de Urán cautiva, su forma de expresarse, tan sencilla y directa, genera una sensación de cordialidad. Y ni hablar de su manera de improvisar. “¿Hijos? Huy, eso es un tema que todavía no sé. Creo que el otro año arrancamos con ese proyecto, ¿cierto mi amor?”. Eso sí, tiene claro que el día que los tenga, con Michelle, no los meterá en el ciclismo, dejará que hagan el mismo proceso que él, que llegó al deporte porque Rigoberto Urán papá quería que dejara de ser tan gamín. “Papá, uno ve peladitos de 15 años haciendo concentraciones como las hace uno y los queman, los aburren, a los 20 años ya no quieren saber nada de ciclismo, están mamados de todo. Y es normal. A mí no me pasó así porque yo jugaba con mis amigos, vendía chance, coqueteaba en el parque del pueblo. El deporte era un escape, un complemento, no una prioridad”.

Con razón o sin ella, Rigoberto, un tanto risible, vuelve a mirar a Michelle y hace un triángulo visual con quien lo está entrevistando. “Es que sin ella sería difícil lograr lo que he logrado. Ella es el hogar, la felicidad, es la familia”. Es su cómplice, la que patrocina el altruismo, a veces la que lo fomenta.

Ya necesitan a Urán en el salón de la ceremonia del Deportista del Año y no hay más tiempo de alargar un diálogo desprendido, pero corto. La lección de unos cuantos minutos es que los traspiés en el deporte pueden ser un revés providencial, que hay que sortearlos con inteligencia, con un poco de intuición, hasta con un soplo mágico de gracia. Sonreírle de vuelta a la vida, así esta se empeñe en tumbarnos. “Así aprendí a vivir en mi pueblo, así vivo por todo el mundo”.

Urán se pone de pie, da las gracias, acepta otra foto, le toma la mano a Michelle, su amor atrevido, su frenesí, su locura cuerda, y con una actitud serena se dirige a un gran salón donde la gente lo espera. Hace una pausa, esta vez es ella la que le acomoda el pelo, le arregla el cuello de la camisa y le quita unos puntos blancos, pequeños como copos de nieve, que desentonan en su blazer azul. Y se van juntos, porque “juntos siempre será mejor”.

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